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Cuando
nuestra sangre late en las sienes,
cuando el aire helado seca nuestra garganta y
penetra hasta lo más profundo de nosotros como
un fluido infinitamente precioso y vivificante.
Cuando
ya no tenemos hambre sino sed, y todo
en nosotros se convierte en esfuerzo, gesto o
pensamiento.
Cuando
el frío es tan intenso que el piolet se
nos escapa de las manos y los horizontes quedan
humedecidos por nuestras lágrimas.
Cuando
toda vida animal o vegetal ha quedado
absorbida en el gigantesco crisol.
Cuando
la suma perfección del silencio hiere
nuestros sentidos.
Cuando
percibimos como un roce del espacio.
”Entonces reconocemos la altitud”.
La montaña y el hombre.
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